Para dar con el verdadero valor de la palabra Generosidad,
es preciso dejar de lado su sentido corriente e interesarse por las acepciones
en desuso como nobleza heredada de los mayores.
Hasta el siglo XVIII, el adjetivo “generoso" calificaba
al individuo como noble y /o valiente.
Generoso, significaba provenir de una “buena raza” por llevar el término
"gen", relacionado con nacimiento, procreación, familia, gente, genuino.
Fue a partir del siglo XVII cuando empezó a tener el sentido que le damos hoy.
Generosidad, es la palabra justa que quiero usar para
comenzar a escribir en esta oportunidad. ¿Cómo llego a pensar en ella? Es la
historia que quiero comenzar a relatar.
Pienso, que la gente que me conoce bien, sabe que mi mayor
atracción son los animales, tengo dos Perrhijos, los cuales me alegran el día
(aunque a veces sólo paso rabias). Y ha sido así desde pequeña. El hecho de
haber tenido muchas mascotas, me ha ayudado a amarlas y ser empática con los
animalitos abandonados, y a enfurecerme con las personas que los maltratan. Mi
lema, hasta hace muy poco, fue "prefiero los animales que las
personas" y es muy paradógigo ya que mi profesión existe gracias a las
personas, pero no cualquier persona. Mi profesión comenzó ayudando a individuos
desvalidos y pobres de la antigua Inglaterra (Comienzos de la Revolución
Industrial) Y hasta ahora, no ha cambiado mucho su esencia. Sí ha cambiado de
nombre y paradigmas (Visitadoras Sociales, Asistente Social, Trabajadora
Social) pero en sí, sigue apuntando para el mismo foco, "ayudar a".
Últimamente, he deseado trabajar en Zoológicos o ser
Policía Animal (claro si viviera en Austria o esos lados) porque, sinceramente,
trabajar con personas cansa, agota, estresa y te añade más carga al bolso que
llevas personalmente en la espalda. Luego de quejarme (con mi yo interno)
reflexiono, respiro hondo y sigo adelante.
Cuando elegí esta carrera, la verdad es que no tenía idea a
lo que iba, ni cómo iba a ser mi vida en el futuro. Pienso en algunas
compañeras de la Universidad y ellas tenían súper clara la película y eran
personas con un alto "espíritu solidario y comunitario" y a mí,
personalmente, me cargaba el área comunitaria
y “andar metida con señoras gordas y pobres que sólo buscan beneficios
sociales". Tampoco me llevaba bien con los niños, a la verdad los evitaba,
ya que me molestaba que fuesen tan inquietos. Con los adultos mayores, la
historia era un poco diferente, aunque nunca tanto como para trabajar en un Hogar
de Ancianos o esas cosas. Así que, me quedé pensando que sólo trabajaría con
adolescentes, ya que era y es (a mi parecer) el grupo etario que menos intervenciones
tiene a niel político, social y religioso.
Durante el tiempo que llevo trabajando, si bien he pasado
por muy pocos trabajos y mi experiencia profesional no se extiende en un gran
Curriculum, sí puedo decir que nunca, jamás, ni en mis prácticas profesionales
con la mirada de estudiante Súper Héroe con ganas de salvar vidas, me había
enfrentado a lo que hace algunos meses me enfrenté.
Quizás esperarás leer algo sumamente interesante, lleno de
adrenalina y con un portuario nivel de
reflexión moral y ética, pero creo que te voy a decepcionar.
Hace algunos meses atrás (cuando aún pensaba que los
animales estaban por encima del amor que debo tenerle a las personas) Tenía que
realizar una visita domiciliaria a una apoderada de un estudiante de la Escuela
donde trabajo. La razón fue, que esta se encontraba (y se encuentra aún) con
una enfermedad terminal y el niño, llamémoslo “Jo”, no cuenta con un apego ni
de madre ni de padre, siendo la abuela la única persona a cargo de su cuidado
personal y figura significativa.
Al llegar a la vivienda, recordé por unos segundos mi
infancia, su hogar era muy similar al mío cuando tenía como 3 años, quizás éste
es un poco más grande.
Era una casa de madera, con paredes de material ligero,
donde se podía ver la luz del día por medio de algunas rendijas. El techo era
de lata, donde claramente era vulnerable a volarse en caso de temporal o
pasarse el agua en caso de lluvia. Tenía esos típicos colores ochenteros, opacos
y celestes, como si no hubiesen podido pintar bien, por falta de dinero. La
entrada era amplia y de tierra, y en un costado de ella estaba “Jo” y un amigo
jugando con tierra y unos camioncitos. Cuando Jo me vio, abrió la puerta de
entrada y me llevó donde su abuela.
Entré pidiendo permiso y entre zapatos, ropa y otros
cachureos, logré pasar a la habitación donde se encontraba la Abuela
descansando en su cama, con el sol entrando por la ventana. Me senté a los pies
de la cama, en un banquillo, dejé mi bolso encima de la cama y me presenté,
aludiendo al grato día que nos acompañaba, Jo no regresó a jugar, sino que se
quedó con nosotras en la habitación. La ventana daba al patio trasero, donde
logré ver muchas gallinas, pollos y un perro negro, les mencioné que mi primera
mascota había sido una Gallina y su nombre había sido Co-có (Muy original).
Conversamos pocas cosas, le pregunté si había comido y me
dijo que sí pero muy poquito porque lo vomitaba o le dolía el estómago. Comenzó
a relatarme hace cuánto tiempo vivía ahí y cómo habían sido estos últimos meses
desde que le diagnosticaron el Cáncer.
Entre momentos gratos y alegres durante la conversación, no
lograba dejar de pensar en mis abuelos, y en que en cualquier momento ya no
estarían conmigo. Pensaba en su dolor y en Jo, qué le depararía en el futuro al
momento que su abuela ya no estuviese en este mundo, pensaba si tenía agua
caliente para ducharse, ya que el invierno ha sido crudo este año, pensaba si
tenía comida para alimentarse ella y Jo. Mientras la conversación se agilizaba,
llegó un momento en que me dijo” Sí, tengo agua caliente y me baño todos los
días, a veces cuando estoy en la ducha” – su voz se quiebra y mi garganta se
aprieta sin querer- “miro mi cuerpo y me da pena” – comienza a llorar
delicadamente, sabiendo que tenía que ser fuerte, y por primera vez en la historia de mis
intervenciones mis ojos se ponen llorosos, mi garganta se aprieta aún más y
comienzo a sudar helado-“me veo flaca y veo mis piernas, sé que me queda poco
tiempo” – Voltea su cabeza y mira a Jo, lo mismo hago yo mientras intento no
llorar.
Cuando terminé con la visita, me sentí tan frustrada y
estúpida al mismo tiempo, tenía el corazón partido en muchos pedazos, sentía
que no valía nada y que me quejaba por cosas con tan poca o nula importancia.
Estuve durante todo el día pensando en eso, me bajó la presión mientras hacía
las compras del mes en el supermercado, y sólo al llegar a casa, en la noche,
logré llorar desconsoladamente.
La verdad es que no entiendo muy bien lo que pasó ese día
en ese momento, sólo tengo claro que el Espíritu Santo quebró mi corazón de
piedra para darme uno de carne.
Al volver a la palabra Nobleza, siento que desde ese día
logré comprenderla, donde la “nobleza heredada de los mayores” se hizo vida en
mí. Donde vi amor real de parte de la Abuela hacia su nieto, donde su real
preocupación no era si se iba a morir o no, si no qué iba a pasar con Jo en el
momento de su muerte, donde en ningún momento se quejó por la precariedad de su
hogar o de que posiblemente no tenía una dieta acorde a su enfermedad. No se
quejó del viento ni de la lluvia, al contrario, dio gracias.
Quisiera poder explicar todo el cambio mental que he vivido
desde ese entonces, pero la verdad es que ni yo lo tengo muy claro. Sigo amando
a los animales, sigo pensando que muchos de ellos tienen más dignidad que muchos
seres humanos, pero también ahora puedo ver a las personas con otros ojos. Con
los ojos de Cristo, como hija del que entrega ese “Gen” de amor.
Desde entonces se me viene a la mente el momento en que
Jesús ve a la multitud y tuvo compasión de ellos, porque los veía como ovejas
sin pastor, porque veía lo desamparado y perdidas que estaban. Desde entonces,
el libro de Santiago y de 1· Juan, donde
habla de la fe, las obras y el amor, han calado tan profundo mi Ser, que no puedo
volver a ser como antes.